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| Escrito por Arturo Ceballos Alarcón |
| Lunes, 21 de Junio de 2010 00:00 |
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Poesía, la fortuna tiene su precio Hace un mes aproximadamente, el Gobierno del Estado de Chiapas, por conducto de la Secretaría de Educación, publicó la convocatoria para el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada 2010. No me detendré en transcribir las bases de dicho certamen (para ello colocaré la página correspondiente al final de esta columna). Lo que sí haré es tratar de leer entre líneas los beneficios y perjuicios que conlleva la citada convocatoria. Se debe reconocer y celebrar, de forma por demás plausible, el hecho de que un gobierno, al nivel que sea –federal, estatal o municipal-, considere meritorio y digno de premiación cualquier gesto de creatividad vinculada con el arte y la cultura. Y no es que al arte y a la cultura le hagan falta reconocimientos de tal calaña; el talento de un buen artista, de un buen autor, brilla por sí solo, se le ponga un reflector encima o no. En otras palabras, ellos ya tienen los aplausos más que ganados. Más bien, lo que se reconoce es que haya una tímida chispa en medio de tanta mezquindad e ignorancia gubernamental respecto de cómo debe manejarse la creatividad artística y literaria y a las personas que gozan de este don. Este Premio Iberoamericano de Poesía es un certamen que hará lucir más al gobierno que lo promueve que al autor que resulte triunfante. Es un premio que tiene el eco del trillado Bicentenario, y con el que se espera que las caravanas y agradecimientos duren hasta el 2012. Sea la razón o el pretexto que sea, lo que vale para los poetas es que se trata de una ventana más, de una buena oportunidad para ver laureada su obra y recibir una buena remuneración económica. Por otra parte, es necesario resaltar la borrascosa relación que siempre ha existido entre los intelectuales y el poder, entre los artistas y el poder. Es una relación de conveniencias turbias, en donde las ideologías se ablandan con solventes extraños, para matizarlas a tal grado que las partes se entiendan en una feliz coincidencia, como por arte de magia. En el caso del Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada 2010, el anzuelo lanzado por el gobierno es grande y atractivo: presea alusiva, diploma y un premio en efectivo de 300 mil pesos. Es un solvente de cinco ceros a la derecha difícil de rechazar. Pero tras el bocado viene el garfio: la convocatoria señala que el autor ganador del Premio otorgará al Gobierno del Estado de Chiapas el derecho de realizar una edición especial de la obra. ¡Vaya padrino! Quizá para los poetas (escritores) que aún no han (hemos) visto nuestros trabajos editados y reunidos en un libro, el honor del premio es indiscutible. Pero recordemos que se trata de una convocatoria en la que únicamente pueden participar libros de poemas ya publicados. Estamos hablando de escritores que ya no necesitan de la venia de ningún gobierno para dar ese paso tan difícil, criticado y atrevido a la vez, como lo es la publicación. Es aquí donde el enfoque cambia, donde el poeta debe ser más autocrítico que nunca y dejar a un lado la banal consigna de que la literatura y las artes son un lujo y un escape para librar los pesares de la vida; es aquí donde el poeta debe recordar que la literatura también funge como una voz indispensable en el debate público. Habrá quienes digan que estos comentarios son muy inquisitivos de mi parte, que no tengo nada que hacer y que le estoy buscando tres pies al gato. Bueno, entonces veámoslo así: ¿Qué aprecio o desprecio merecen los libros editados por una entidad gubernamental? ¿Cómo se exhiben en las librerías? ¿Cuánta gente se detiene a verlos? Son muchas las dudas que hay alrededor de la calidad de lo que contienen; pues nadie se fía de los textos apadrinados bajo el sello oficial. Basta con pararse en una librería para ver la indiferencia, cuando no el desdén, con el que pasan de largo las personas frente a ese tipo de publicaciones. Claro está: es un arma de doble filo. Y por si fuera poco, permítanme otra observación más: aquellos escritores y artistas que han abrazado seriamente su oficio, no como un mero divertimiento, sino como una forma comprometida de desahogarse y reconocerse a diario a través de su quehacer creativo, no consideran a éste un mero fantaseo, una actividad menor con la cual pasar el tiempo, sino su propia manera, alegórica si se quiere, de penetrar y comprender lo real. ¿Qué sana coherencia puede existir entre este nivel de compromiso y el apapacho billetudo de un gobierno, de cualquier gobierno, que ha abrazado seriamente el oficio de distorsionar la realidad? En fin, seguramente los poetas son más maduros que un servidor, y verán en estas líneas no más que una especulación pálida y olvidable. ¿Serán ellos como el árbol flotante que señala el poeta Sabines, aquel árbol en cuyo follaje se enredarían los peces, un árbol de agua, que iría a todas partes y con todos los señores sin caerse nunca? (Jaime Sabines, Chiapas, 1926; Ciudad de México, 1999) Consulta la convocatoria en: http://www.educacionchiapas.gob.mx/descargas/CartelIberoamericano_2010.JPG
Tejas rotas: Entre tejas y sobrinas ─Qué hay, don Arturo, ¿no me diga que se le inundó la casa? ─Sí, pues, Nerón. Las lluvias han estado duras. A ver, hazte pallá si no quieres que te salpique. ─Ya ve, si me hubiera hecho caso... Hace un año se lo advertí y mírese. ─Tienes razón, pero tú como albañil quieres cobrar como si fueras director del INAH. ─Ah, que don Arturo. No sea asté’ tan payaso. Si na´ más era cosa de cambiar las tejas rotas, y listo. ─No hombre, ni loco. Y luego ¿cómo oigo los chismes de la ciudad, las quejas de los ciudadanos? ¿En qué me inspiro para escribir? Así están bien, rotas aunque me ahogue. Todo tiene su razón de ser. ─Ah, que don Arturo, siempre con sus cosas… Y qué, esas muchachitas que les están ayudando con las cubetas ¿quiénes son? ─Son mis sobrinas, están acá de vacaciones. ─Pobrecitas muchachas, en lugar de que anden en el parque correteando con los muchachos, las tiene aquí como esclavas, cargue y cargue cubetas. Ellas qué culpa tienen de que asté sea tan tacaño. Mire cómo se mojaron. ─No les pasa nada, Nerón. No seas tan dramático. ─Sí ya se lo he dicho hasta el cansancio, desde que uno va caminando por la calle ya se ven bien despostilladas. ─Sí, lo que pasa es que están cacarizas porque de chiquitas les dio la varicela. ─No, si yo hablo de las tejas. Están despostilladas, por eso se rompen tan rápido. Aunque viéndolas bien, no están nada mal. Ya aguantan un tornado. ─Cómo no van a estar mal, mira hasta dónde se metió el agua. ─Yo hablo de sus sobrinas, ya están creciditas. Me hubiera dicho antes y me vengo bien relambido. Ya ve que a mí se me da eso de ser galán. ─Sí, claro. Galán. ─Fíjese que allá, donde vivo, yo también tengo unas. Y un día que se me ocurre revisarlas, por abajito, usté’ sabe. Y que me encuentro con que estaban llenas de hongos y de algo verde como perejil. ─¡Qué dices, Nerón!, ¿a tus sobrinas? ¿De qué abajito me estás hablando? ─No, yo no hablo de mis sobrinas. Yo le estoy hablando de las tejas de mi casa, estaban llenas de hongos, atascadas de ellos. No, que va, a estas no les cabe ni una mano. ─Hey, Nerón, ya basta. A mis sobrinas nadie les ha metido la mano. ─No, don Arturo. Yo hablo de sus tejas, éstas son más chicas porque ya las hacen en fábrica. En cambio las de mi casa, que son artesanales, son más anchas y uno se encuentra con cada cosa. Aunque fíjese que un compadre tiene una que amaneció con un camionero debajo. ─¿Con un camionero debajo? Pues ¿de qué tamaño era la teja? ─No, cuál teja, la sobrina de mi compadre amaneció con un camionero debajo. Que me la corren a la pobre, ni chance le dieron de recoger sus chivas. Entonces qué, don Arturo, ¿me las va a presentar? ─Ahorita no puedo, estamos trabajando, que no ves. ─Mire, si me las presenta, me cae que no le cobro. Se las acuesto bien parejitas y les echo su cementito. ─Espero que te refieras a las tejas, ¿verdad, Nerón?
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| Última actualización el Viernes, 03 de Septiembre de 2010 09:17 |
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