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Tuxtla Gutiérrez, Chis. 4 de febrero. Amparado en la protección del gobernador Juan Sabines Guerrero, de grupos políticos y empresariales, el diputado del PRD y locutor cómico, Ariel Gómez León (a) El Chunko, fraguó su fortuna personal y su carrera política desde los micrófonos radiofónicos, de donde tejió una maraña de complicidades para allegarse el poder político.
Ariel Gómez buscaba suceder en el gobierno de esta capital, al también perredista Jaime Valls Esponda, de no haberse creado su propio terremoto racista y xenofóbico contra Haití, país al que descalificó , discriminó y negó públicamente su apoyo, en medio de la desgracia humana.
En su fuero interno, un día, pretendía llegar la gubernatura, alentado como estaba, a cada momento, por el cuchicheo y las zalamerías de sus amigos y aliados, que le celebraban sus ocurrencias, como si de tesis políticas y de administración pública se trataran.
El Haití de “los puros negros”, como lo vituperó, lo mantiene en la picota, en medio del rechazo y la repulsa nacional e internacional.
La tarde del 27 de enero, Ariel respiraba tranquilo aún, luego de verter sus comentarios fascistas contra el país de Las Antillas. “En los medios, como la televisión, observamos la cara de la gente cuando le reparten ayuda, no son caras de necesidad, más bien de abusivos insaciables", fue lo que expresó.
“Como todos son negros y se parecen tanto, había que marcarlos con una tinta indeleble para que no se les repita la ayuda; la tinta tiene que ser blanca porque la que usa el Instituto Federal Electoral no se les notaría por ser tan negros", manifestó en medio de carcajadas.
El llamado Chunko, confiaba todavía en sus múltiples padrinos políticos, en su buena suerte, en “su público seguidor”. Creía haber burlado el cerco de su apología de ignominias, insultos y ofensas.
Después vendría, incontenible, su terremoto individual, la furia por Haití en la red, donde la comunidad de cibernautas, como verdaderos perros rabiosos, iniciaron su festín interminable, desgarrándolo, segundo a segundo, milímetro a milímetro, restregándole cada palabra, cada ofensa, espetada al micrófono.
Luego, el despido del consorcio Grupo Radio Digital, de Simón Valanci, el empresario y militante del PRI, ex secretario estatal del partido y candidato perdedor a la diputación federal.
Valanci, señalado como déspota y prepotente, hizo renunciar a Gómez León y se deslindó de sus comentarios, los cuales, aseguró, fueron hechos a título personal, no obstante, por años permitió que el locutor hiciera apología de ofensas y diatribas que vulneraron normas fundamentales, como la Ley Federal de Radio y Televisión.
Acostumbrado a vestir ropa de marca, "El Chunko" forjó su carrera política al amparo de la radio, la cual lo llevó a ocupar la regiduría del Ayuntamiento tuxtleco, la diputación local y la actual legislatura federal, siempre con el respaldo de Sabines Guerrero y políticos como el senador Manuel Velasco Coello.
En la andanada de recriminaciones y repulsas en su contra, “El Chunko” buscó el refugio de sus amigos y aliados políticos, pero éstos, al ver la dimensión de los acontecimientos, le cerraron las puertas y lo abandonaron a su suerte.
“Me da vergüenza que la gente haya escuchado comentarios ofensivos y equivocados de mi parte; no hay duda, todo se paga en la vida, y hoy, con justa razón recibo hondas y merecidas críticas por mis palabras equivocadas", había lanzado horas antes, en una estéril declaración que no alcanzó expresiones de disculpa ni de solidaridad esperadas.
En adelante, la vida profesional y política del diputado del PRD fue dando tumbos al cadalso, donde, incluso, la gente que un día lo exaltó y ayudó a conseguir sus ambiciones políticas, se alzó como auténtico verdugo para volarle, una y otra vez, la cabeza, como muestra contundente de desprecio.
Hoy, Gómez León, originario de Ocozocoautla de Espinosa, enfrenta a sus acusadores -su partido, la Cámara de Diputados, las organizaciones de derechos humanos y la gente de la calle- que en realidad, son sus propias palabras, con las cuales pretendió tejer un imperio político personal, una cultura de frivolidades, dislates y mezquindades.
Ariel, a semejanza de los falsos ídolos, que no hablan ni oyen, se desmorona sobre sus pies de barro y caliza, como evidencia del espejismo político que por años representó.
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