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Consternación por fallecimiento del poeta Enoch Cancino Casahonda PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alberto Aguilar/Mirada Sur.   
Lunes, 08 de Marzo de 2010 16:46

Tuxtla Gutiérrerz, Chis. 4 de Marzo. La Directora General del Coneculta, Marvin Lorena Arriaga Córdova, lamentó la muerte del poeta Enoch Cancino Casahonda, la pérdida de un ícono invaluable, que representa lo más profundo y valioso del universo literario que posee Chiapas, por lo que “el legado de este gran hombre seguramente impactará el conocimiento y aprecio hacia nuestro querido estado”.

Arriaga Córdova sostuvo que existe consternación entre los creadores de todos los géneros por tan sensible pérdida de un ícono invaluable, que representa lo más profundo y valioso del universo literario que posee Chiapas, por lo que “el legado de este gran hombre seguramente impactará el conocimiento y aprecio hacia nuestro querido estado”.

Médico de profesión, presidente de la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana en Tuxtla Gutiérrez y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1974, Enoch Cancino Casahonda publicó, entre otros, los poemarios: Con las alas del sueño (1952), La vid y el labrador (1957), Ciertas canciones (1964), Estas cosas de siempre (1970), Antología poética (1979), Tedios y memorias (1982) y bajo el sello editorial de Katún, en la serie Poesía contemporánea, La vieja novedad de las palabras (1985) y Ciertas canciones y otros poemas (1999), coedición del Fondo de Cultura Económica-Coneculta-Chiapas.

El Tuxtla que vio nacer en 1928 a Enoch Cancino Casahonda tenía un fascinante tinte de tradición y gozo, marcado por el sortilegio y la leyenda, por el olor a lluvia que cantaba y el aroma infinito de la ofrenda.

El Chiapas que lo vio crecer era una flor sensible esparciendo su perfume al soplo de los días. Su atmósfera serena, como un rezo de lluvia entre las hojas, ténue como la brisa, tierna como un suspiro, le forjó un alma de cruz y de montaña, con la cual, siendo joven, partió en busca de nuevos horizontes.

Lejos de su tierra, con la voz del pueblo cabalgándole en la sangre, en la soledad de la distancia, el intuitivo estudiante supo que Chiapas no era sólo el insomnio de la selva, sino que a veces también era la indescriptible esencia de una lágrima, algo así como un grito que se apaga y un suspiro de fe que se reprime.

Así nació el “Canto a Chiapas”, poema que resume el sentir de una multitud de chiapanecos, de familias enteras que en los años cincuentas, la noche de fin de año, entre abrazos y buenos deseos, escuchaban la voz de Manuel Bernal declamando desde la sinfonola ese mismo poema que en 1949 Carlos Pellicer, Manuel González Calzada y Andrés Iduarte, integrantes del jurado de los Segundos Juegos Florales de Chiapas, le otorgaron el primer premio.

Desde entonces, el nombre de Enoch Cancino es y será perdurablemente una institución en el marco de la poesía chiapaneca. En su obra vibra la entidad a plenitud y en un regionalismo particular se encuentran los valores universales de su poesía.

El 14 de agosto de 2008, recibió por parte del Honorable Congreso del Estado  la medalla “Rosario Castellanos”,  como reconocimiento a su invaluable obra literaria y humanística.  

En el mes de octubre de ese mismo año, fecha en la que el autor celebró 80 años de vida, el Gobierno del Estado, a través del Coneculta-Chiapas, le rindió un merecido homenaje. En la ceremonia fueron honrados su obra y loable trayectoria como poeta, médico y político tuxtleco. Descanse en paz.

 

 

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