EN MIRADA
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| Escrito por Luis Antonio Rincón García |
| Lunes, 19 de Julio de 2010 00:00 |
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La conocí en el velorio de mi hermana, Doloritas Cañaveral. Se arrimó a mi espalda cuando me acerqué al cajón a despedirme de la niña difunta. Venía rumiando algo sobre los desórdenes de la muerte y de los confusos caminos del diablo. No volteé a enfrentarla y a echarle en cara su irreverente cuchicheo, porque nadie más pareció advertir su presencia, e incluso caminaban hacia ella como si pudieran traspasarla. —Es la Tisigua, me murmuró mi padre al oído. Hazte pendejo y aléjate rápido de ella. Salí hacia los corrales y ella se perdió entre la multitud del velorio, aunque era evidente que quería seguirme. Tuve el miedo de los que vislumbran su locura. La Tisigua es la muerte disfrazada de humano para no espantar a los vivos —recordé—, y se supone que sólo la ven aquellos que van a morir. Mi padre la había visto. —No es así —me contradijo—. Por tu cara de espanto supe que la tenías atrás tuyo, pero Dios me libre de verla. En el pueblo circuló el rumor de que la Tisigua andaba en busca de un hijo que la perpetuara. Circuló también la versión de que venía por mí, y que de alguna forma ya me había llevado. Sentí llegar el miedo por mis pies fríos y, conforme pasó el tiempo, con fuerza obstinada invadió hasta los más escondidos recovecos de mi cuerpo. Empecé a caminar todo el día, huyendo de ella. No esperaba la muerte de las estrellas para escaparme por la ventana de mi cuarto y, descalzo, surcar las calles de tierra y estiércol. Me detenía un rato al medio día, comía parado a la puerta de cualquier casa, y bajo alguna sombra descansaba del polvo ardiente que me lastimaba, sobre todo la garganta y entre los dedos de los pies. Lo peor era la sed. En un principio pedí agua tocando a la puerta de cada casa que cruzaba en mi camino, y con la panza hinchada seguía caminando. Igual que si no hubiera tomado nada, la garganta se me marchitaba de sequedad. Empecé a llevar una jarra de agua conmigo, por si acaso la sed que cargaba era la sed de ella. —La Tisigua no tiene sed —me dijo mi madre—. No tiene tiempo. Ni siquiera existe. No puede dejar una huella. Es el éter del miedo. Es ese éter materializado en ti, Ariosto Cañaveral, con tu cabezota llena de fantasmas. —Sí existe, mamacita. Viene detrás de mí. Yo la siento. Vino por mi hermana Doloritas. Ahora quiere también a su otro hijo. —Huye, pues. Nomás vete sabiendo que ya la tenés dentro. La Tisigua está en ti porque tú así lo querés. Y no es corriendo como se deja atrás la locura. Quise irme del pueblo. Caminé apuntando hacia el mar. —No compa, te queda muy lejos —me dijo un arriero al que le pedí señas para llegar al mar—. Tenés que caminar treinta kilómetros al norte, cuarenta kilómetros al poniente, y luego te volvés unos doscientos kilómetros al sur. No recordaba que estuviera tan lejos. —Entonces, ¿a dónde voy? —le pregunté—. Vengo huyendo de la Tisigua. —Está cabrón. ¿Por qué? — Para allá no está la Tisigua —señaló frente a mí—. Está el Sombrerón. Que viene a ser lo mismo nomás que en macho. —Entonces voy pa´ este otro lado —le dije señalando a mis espaldas. —Es que allá está la Cocha Enfrenada. —Y esa quién es. —Es la Tisigua convertida en puerca. —No pos está cabrón. Le robé su guaje para tomarme el agua. Lo tenía vacío. Sin pensarlo mucho se lo tiré a la cabeza. —¡Malagradecido! —me gritó. «Tú eres la Tisigua», fue lo último que le permití decir. Después lo maté. Caminé hacia el centro del pueblo. Me perdí y tardé cinco meses en encontrar el camino de regreso. Pese al tiempo que estuve fuera, nadie quiso recibirme. Ni mi padre ni mi madre. Nadie. Todos se metieron a sus casas en cuanto me vieron llegar. Todas las puertas fueron cerradas. Por eso me sorprendió ver frente al parque a una mujer sentada sobre una piedra, con su morral del mandado en el suelo. Me acerqué sin esconderme, con ganas de verle la cara. Era la Tisigua. Se sorprendió, no pudo ocultarlo, abrió la boca y casi grita un ¡Jesús! El miedo sintió miedo. Daba risa su fachota tan normal, tan cotidiana. Rolliza, morena, con su vestido de tela azul y dibujos blancos, zapatos negros cerrados, rebozo antiguo, el pelo corto y las manchas de una vejez prematura. —Pero qué hacés acá, hombre de Dios, te van a matar estos jijos de la rechingada —me dijo. —Estoy huyendo de ti. —No seas tonto, si yo te quiero. La abracé y sentí que mi mente navegaba por el tiempo que había vivido y por el que todavía iba a vivir. Después tuve la visión de un torbellino que atraía sueños y pesadillas de mi infancia. Escuché voces en mi cabeza. Resultaron ser el eco de las voces de la gente del pueblo. El torbellino se transformó en un tapete de colores encendidos, que se apagaron hasta terminar en la oscuridad. Era la ausencia de todo, excepto la sed, que seguía descascarando las paredes de cal en mi garganta. Los hombres del pueblo se me echaron encima. Inmovilizado, a punto del desmayo, creí comprender que la opresión de sus cuerpos provocaba la oscuridad que pesaba hasta asfixiarme. También comprendí que ya pertenecíamos a mundos diferentes. Ante mis ojos dejaron de ser hombres. Eran entes alucinados de mi vida pasada. Ellos eran mis fantasmas, y yo era un espectro que no coincidía con la imagen que de mí guardaban en la memoria. Era el hombre del pueblo entregado en sacrificio, para librarlos a ellos de ser la materia impregnada por el desquiciante vaho materno de la Tisigua. Era el «íncubo bendito», en tanto fui el elegido por el destino para ocupar ese lugar. Desperté amarrado a una estaca. Sentado en el suelo. Los lazos ceñidos con miedo se me encajaban hasta los huesos. Quise chupar el meado en mis pantalones para ver si me quitaban la sed, pero no pude probarlo ni estirando la lengua. Ahí estaban los hombres del pueblo, rodeándome. El sol me daba en la cara y no los podía ver, sólo sentía sus sombras. Hablaban en lo que creí era un dialecto antiguo, porque se comunicaban en un lenguaje que no logré comprender. Utilizaban palabras extrañas, mezcladas con otras que sí recordaba, aunque las empleaban sin sentido, como si les hubieran robado el sonido y cambiado el significado. Además, las cargaban con el odio de lo no interpretado. Repetían asesino, como si matar fuera malo. Como si morir no fuera natural. Se fueron en algún momento. Se desvanecieron con el sol. Ella llegó por mí. La que dijo que me quería. Cortó mis ataduras y me trajo a vivir con ella a las montañas. De tanto convivir hasta nos parecemos y, como uso su ropa, la gente nos confunde. A veces vienen a buscarme los del pueblo y tenemos que ocultarnos. No terminan de entender que sólo la sed quedó de ese hombre que se llamaba Ariosto Cañaveral. Eso sí, cuando se pierde por acá alguno de ellos, voy a buscarlo para pedirle agua, y si no tiene, para decirle dónde encontrarla. No hay caso, piensan que soy ella y espantados gritan su nombre. —¡Tisigua! Y como ella me explicó que nadie debe volver vivo a su casa para contar que la han visto, tengo que matarlos. |
| Última actualización el Viernes, 03 de Septiembre de 2010 09:15 |
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sin duda nuestras congèneres son las enemigas`nùm 1 de quien clama vivir en paz.
sin duda nuestras congèneres son las enemigas`nùm 1 de quien clama vivir en paz.